Comunicado oficial sobre el impedimento a un transexual para ser padrino de bautismo

Obispado Cádiz y Ceuta

INICIO

Comunicado oficial

Ante las informaciones aparecidas en diversos medios de comunicación sobre el impedimento a un transexual para ser padrino de bautismo, el Obispado de Cádiz y Ceuta manifiesta que:

Ante la petición de A.S. de ser padrino de bautismo, el párroco mantuvo una cordial conversación con el indicándole que debía cumplir con los requisitos que expresa el Código de Derecho Canónico, c. 874/3  que exige a quien haya de ser padrino o madrina de bautismo, que “sea católico, esté confirmado, haya recibido ya el santísimo sacramento de la Eucaristía y lleve, al mismo tiempo, una vida congruente con la fe y con la misión que va a asumir”.

En esta amplia charla y acogiendo el sentir del solicitante, el párroco le animó a vivir congruentemente su fe y que, a pesar de no ser el padrino de bautismo, participara de algún modo como  padrino espiritual, pudiendo animar y ayudar en la vida de fe al bautizando.

Durante todo el tiempo, tanto la actitud del párroco como la del solicitante fue amable y comprensiva, de tal modo que al finalizar dicho encuentro, A.S. dio la impresión de estar conforme con las indicaciones tratadas con el párroco que le manifestó su total disponibilidad para ayudarle en cuanto deseara y le transmitió que, la Iglesia, como madre, tiene la misión de acoger, escuchar y ayudar a vivir un camino espiritual donde el mensaje de Cristo se manifiesta en su Iglesia y donde el cristiano halla su felicidad y dignidad.

Según el Código de Derecho Canónico es el párroco o ministro del sacramento quien ha de velar con responsabilidad para que se cumplan los requisitos del canon 874, e incluso disuadir a quienes a su parecer no los cumplen por diferentes razones, por el propio bien del bautizado, pues el padrino ha de velar por el crecimiento en la fe del bautizado y acompañarle para que aprenda de su mano los fundamentos doctrinales y morales de la fe cristiana.

A nadie debe extrañar si alguien no puede ser admitido, algo que sucede con frecuencia, por no ser considerado idóneo por su estilo de vida, criterios o incongruencia con la vida cristiana y las disposiciones de la Iglesia, lo cual no supone ninguna discriminación.

Alex Salinas: “Para el Obispado soy una aberración”

  • La Iglesia impide a un transexual de San Fernando ser el padrino de bautizo de su sobrino.
Foto: Diario de Cádiz. Alex Salinas, de 21 años, frente a la Iglesia Mayor de La Isla. /Rioja

Foto: Diario de Cádiz. Alex Salinas, de 21 años, frente a la Iglesia Mayor de La Isla. /Rioja

El Obispado de Cádiz y Ceuta ha impedido a Alex Salinas, un transexual de 21 años, ser el padrino de bautizo de su sobrino en una parroquia de San Fernando, un hecho que la Iglesia explica porque por su condición no cumple con el requisito de llevar “una vida congruente con la fe”, según fuentes del Obispado. “Para la Iglesia soy una mujer”, ha explicado este joven, que quiere interponer un recurso para que el Obispado reconsidere una decisión que a él le ha sentado “como una patada en el estómago” porque “yo soy muy creyente”.
Alex, que nació mujer, lleva tres años en tratamiento hormonal y está en lista de espera para una operación de cambio de sexo. Ha modificado su DNI, su afiliación a la Seguridad Social, todos sus registros… salvo la partida de bautismo. Es un hombre a todos los efectos, “menos para la Iglesia, donde sigo siendo una mujer”, explica este isleño.
Se define como católico y practicante, motivo por el que quiso ser el padrino del hijo de su hermana, de tan sólo cinco meses. “Acudí al párroco de San José Artesano, iglesia que frecuento a menudo porque formo parte de la banda de música, y le pregunté qué debía hacer para ser padrino. En principio, no me puso ninguna pega”. Pero a los pocos días lo llamó para verle. Dice Alex que la conversación empezó con un  “Dios nos quiere a todos tal y como somos”. Ahí ya supo que el asunto empezaba a torcerse. “El padre Lázaro me dijo que él no tenía problemas pero que desde el Obispado se oponían a que yo fuera el padrino por mi condición sexual”.
El joven acudió entonces a otra parroquia de la localidad, San Francisco, donde obtuvo idéntica respuesta. Un ‘no’ como una catedral.
Así, según cuenta, fue al Obispado para conocer las razones de ese rechazo. “Para ellos soy una aberración”, manifiesta Alex, que lamenta que algunos con quienes ha hablado le han ofrecido “darme el perdón, como si yo estuviera pecando por ser transexual”.
Salinas no entiende el baremo que aplica la Iglesia. “Sé que en Algeciras se han bautizado a transexuales y que en Córdoba ha habido padrinos de esta misma condición sexual”.
La Iglesia, que establece los requisitos para ser padrino de un bautismo en el capítulo 4 del Código de Derecho Canónico sobre los sacramentos, ofrece a Alex Salinas la posibilidad de ser “padrino espiritual” de su sobrino, según han explicado a Efe fuentes del Obispado de Cádiz y Ceuta.
Es una opción que da a personas que, como entiende en este caso, no cumplen con alguno de los requisitos establecidos para ser padrino de un bautismo católico, una vez que se ha comprobado que detrás de la solicitud hay “una buena intención”.
Ambos, el padrino “real” y el “espiritual”, tienen la misma misión, la de ayudar a crecer al niño en la fe católica, aunque sólo el nombre del primero de ellos aparece recogido en los papeles de la Iglesia sobre el sacramento.

El visitante de la Catedral podrá subir a la Torre del Reloj desde el 1 de agosto

Pablo-Manuel Durio / Diario de Cádiz

INICIO

torre del reloj

  • El Cabildo consigue al fin los permisos para abrir al público este atractivo turístico y cultural. Se crean dos nuevos puestos de trabajo.

La Catedral recupera una de sus torres para la visita al público. En esta ocasión, se trata de la torre opuesta a la que permaneció abierta hasta hace casi dos años -es decir, la torre de Levante o denominada por el Cabildo Torre del Reloj, la más cercana al Arco de la Rosa-; y además, tiene como ventaja que el visitante de la Catedral podrá acceder a ella con el mismo bono que le permite entrar en el primer templo de la diócesis y visitar también el museo catedralicio.

A partir del día 1 de agosto, el próximo sábado, ya estará abierto al público este nuevo atractivo turístico y cultural que suma la ciudad y que viene persiguiendo el Cabildo desde hace bastante tiempo. Primero con la intención de recuperar la Torre de Poniente, lo que le supuso un largo proceso judicial contra la empresa que tenía los derechos de gestión y explotación del monumento, que a finales de noviembre pasó de nuevo a manos de la Iglesia; y posteriormente con todo el proceso de obras y solicitud de permisos para poder abrir al público este monumento. Finalmente, el Cabildo Catedral goza de todas las bendiciones administrativas para que a partir del próximo sábado los visitantes puedan acceder a las vistas que ofrece esta Torre del Reloj.

Según ha informado el deán, Guillermo Domínguez Leonsegui, la visita estará incluida desde ese día en el mismo tiquet de ahora “y al mismo precio”. Es decir, que los canónigos son los que asumen el coste económico que tenga la apertura de este nuevo espacio catedralicio a las visitas. Y entre otras partidas, Domínguez Leonsegui cuenta que la plantilla de trabajadores “ha habido que ampliarla con dos personas más”, sumando en total nueve los trabajadores que prestan servicio a la Catedral, entre el templo, la Casa de la Contaduría y ahora la Torre del Reloj.

El deán indica que la apertura de esta torre se debe, además del mal estado en que en su día ya informó el Cabildo que se había encontrado la de Poniente, a las vistas que ofrece. Según técnicos y expertos, “las vistas son todavía mejores que desde la otra torre”, asegura Domínguez Leonsegui, que destaca las vistas del barrio de El Pópulo, del mar por el Campo del Sur y el Paseo Marítimo y del puerto de la ciudad.

Además de las vistas, el máximo responsable del Cabildo también destaca las obras de adecuación que se han realizado en la torre, que han servido para mejorar la seguridad (con barandas y con pantallas de metacrilato en todos los huecos de la subida y en la propia torre), la accesibilidad y la iluminación. Una importante inversión que también ha asumido en solitario el Cabildo.

Con la apertura de la torre, la Catedral amplía notablemente la oferta cultural y de ocio de la ciudad y sigue con su plan de mejora del servicio a los visitantes, bajo el asesoramiento de la empresa Artisplendore, especializada en la gestión de la visita turística a monumentos, museos y centros de interpretación. En esta línea, en los últimos meses se ha procedido a la implantación del sistema de audioguía, a la instalación de un nuevo mobiliario de recepción “similar al que se está instalando en otras catedrales” o se ha abierto también a las visitas el coro de la Seo, entre otras medidas a las que ahora se suma, desde el día 1, la apertura de la Torre del Reloj.

La presidenta de Manos Unidas en Ceuta recibe la Orden del Mérito Civil

C.A.D. / CEUTA AL DÍA
INICIO

Mercedes Canca en una foto de archivo

Mercedes Canca en una foto de archivo

  • Felipe VI ha condecorado este viernes a 38 ‘héroes anónimos’ para reconocer ” su compromiso personal y contribución social”
  • Mercedes Canca recibe la Orden del Mérito Civil como ejemplo del mejor espíritu de servicio público

La presidenta de Manos Unidas en Ceuta, Mercedes Canca Lara, funcionaria y maestra de Educación Especial, ha recibido este viernes la Orden del Mérito Civil de manos del rey Felipe VI por ser un “ejemplo del mejor espíritu de servicio público” y por “proyectar esta vocación de servicio en el ámbito educativo y a través de su reconocida entrega al trabajo”.

Ella ha sido una de los 38 ‘héroes anónimos’, 22 hombres y 16 mujeres, a quienes el Monarca ha querido “reconocer su compromiso personal y contribución social”.

Entre los condecorados también ha estado un vendedor del cupón de la ONCE, un abogado que juega al baloncesto en silla de ruedas o un policía municipal de Vigo que ha puesto en marcha ‘Discamino’, un programa para que las personas con discapacidad puedan hacer el Camino de Santiago.

La Orden del Mérito Civil es, junto con la Real Orden de Isabel la Católica, una de las dos órdenes actualmente dependientes del Ministerio de Asuntos Exteriores de España. Se concede a ciudadanos españoles o extranjeros que hayan realizado méritos de carácter civil: servicios relevantes al Estado, trabajos extraordinarios, etcétera.

Fue instituida por el rey Alfonso XIII por Real Decreto de 25 de junio de 1926, a propuesta del entonces Presidente del Consejo de Ministros, Miguel Primo de Rivera, publicándose su primer Reglamento el 25 de mayo de 1927.

El cura al que los caciques llamaban rojo

T.R. / DIARIO DE CÁDIZ

INICIO

Padre Antonio Troya

Antonio Troya (San Fernando, 1927)

  • “Fui un niño muy protegido. A los 11 años entré en la escuela de aprendices de San Carlos. Un día dije en casa que quería ser cura. Fue una tragedia, mis padres no querían. En el seminario salíamos a pasear en fila, el ambiente era bueno pero muy duro. Cuando acabé, el obispo no quería ordenarme. Tardó tres años en ceder. La Guardia Civil iba a oír mis sermones. Los caciques decían que yo era comunista”.

Antonio Troya tuvo que lidiar con dos enormes obstáculos para cumplir su deseo de ser sacerdote. El primero se lo puso su padre. Antonio tenía 15 años de edad cuando un día llegó a su casa, en La Isla, y anunció que quería ser cura, que quería entrar en el seminario. Aquello fue una tragedia. La familia tenía rechazo a la religión, un cura en la casa era como una mancha. Su padre le respondió con un reto que era una negativa rotunda. Se echó al suelo y le dijo: para ser cura tendrás que pasar por encima de mi.

Se echó al suelo… simbólicamente, le apunto cuando me lo está contando. “No, no: se tiró al suelo de verdad”.

Antonio era un joven muy respetuoso con sus mayores. Hablamos de principios de los años cuarenta del siglo pasado, no era algo extraordinario. De modo que el chaval se aquietó, ni se le ocurrió saltar por encima de su padre ni de sus deseos. No lo tenía fácil: su madre tampoco lo apoyaba. Ni siquiera su abuela. Pero no se rindió. Ideó una estratagema: durante un tiempo fingió inapetencia, casi dejó de comer. No tengo ganas, no tengo ganas… La familia comenzó a preocuparse. Antonio comía pero muy poco. Este niño o va al seminario o se muere, acabó por decretar su madre. El padre cedió y Antonio ingresó en el seminario, en Cádiz. Así superó el primer escollo.

El segundo gran obstáculo para llegar a ser sacerdote se lo puso a Antonio, años después, el obispo don Tomás Gutiérrez Díaz. Antonio había terminado su carrera hacia el sacerdocio, había permanecido nueve años en el Seminario de Cádiz y otros cuatro en Salamanca, estudiando la licenciatura de Teología. Pese a ello, el obispo dijo que no lo ordenaba. Antonio dice que fue todo muy extraño, que había un informe, pero nada con fundamento; no sabe bien qué ocurrió. Al principio le sentó muy mal pero luego lo llevó “con mucha felicidad porque el Señor estaba muy cerca”. Optó por aguantar; se quedó allí, en el seminario, como profesor de matemáticas. Pasaron tres años hasta que el obispo claudicó. En 1958, Antonio se ordenó sacerdote. Su padre había muerto un año antes.

Para entonces, la familia de Antonio había cambiado su actitud. A medida que avanzaron los años en el seminario, su padre y su madre se mostraban encantados con él, el anticlericalismo quedó arrumbado. Incluso un tío suyo al que recuerda hablando “sobre la República y los sindicatos” con su padre, cuando él era un niño, se mostraba contento con que fuese cura.

Esas conversaciones entre su padre y su tío son casi el único retazo que Antonio guarda en la memoria de los intensos primeros años treinta. Antonio nació en San Fernando a finales de 1927. Su padre era tipógrafo y trabajaba en la factoría San Carlos. Su madre cosía para una empresa que hacía uniformes para los soldados de Infantería de Marina. Antonio dice que acudía con su padre a un sindicato y que allí había un cartel: “Hoy por ti, mañana por mí”. Pero ni siquiera sabe decir si su padre era republicano. Apenas conserva el recuerdo de las charlas de su padre y su tío y, eso sí, que él las escuchaba entusiasmado.

Sí recuerda con claridad que fue un niño muy protegido, mucho, y que eso le pasó factura. Primero iba al colegio de doña Ana. Le gustaba mucho estudiar. No lo dejaban salir y eso favorecía el estudio. Luego, a los 11 años, entró en la escuela de aprendices de San Carlos. Fue entonces cuando vio con asombro que él no sabía nada y que todo el mundo sabía todo. Lo pasó muy mal. “Fue un shock muy gordo. Gracias a que me ayudó un amigo, Arturo Rosales, que me protegió mucho. Yo no estaba preparado para aquello. Es como si te tienen en una habitación muy calentita y te sacan al frío del invierno. Congelado me quedé. Después lo superé, pero no fue fácil. Hay que cuidar a los niños de otra manera. Mis padres me querían muchísimo y yo los quería muchísimo, pero…”.

En la escuela de aprendices estuvo cuatro años. Estudió ajuste, torno y delineación. Y muchas matemáticas que más adelante le sirvieron para impartir clase en el seminario. Un día, de pronto, le llamó la fe. Por mucho que busca, Antonio no encuentra nada que estimulase esa vocación, no halla la chispa que le mostró el camino: no hay un sermón, no hay un cura al que el joven admirase… Ese paso fue de un día para otro, dice Antonio, y él respondió con muchísima fuerza porque entonces él era “capaz de todo”.

Por eso logró sortear la oposición familiar y se vio en el seminario, en Cádiz, en un ambiente “muy duro pero muy bueno”. Salvo en las vacaciones de verano, los seminaristas no salían para nada. Bueno, sí. A pasear, en fila, los jueves y los domingos. Vestidos de cura, por supuesto. A veces se acercaban a Puerta Tierra y jugaban al fútbol. Un intrépido grupo de andarines caminaba en ocasiones hasta La Isla. A paso ligero. Llegaban al Carmen y regresaban. Los días transcurrían envueltos en una rutina que comenzaba temprano, a las seis y media de la mañana. Los jóvenes iban a la iglesia, hacían la oración, después la misa, luego el desayuno y a clase y a estudiar. Por la tarde rezaban el rosario juntos. La comida era pésima. “Mala, malísima. Unos garbanzos cocidos, sin aceite, unos cachuchos hervidos…”. Antonio se reúne de vez en cuando con antiguos seminaristas y se queda admirado: dice que entonces todos protestaban mucho pero que ahora todos, hasta los que no querían ser curas, tienen un recuerdo gratísimo de aquellos tiempos, volverían a vivir aquellos años. “Hay uno que dice: yo, si pudiera, volvería a entrar en el seminario y volvía a salirme”.

Hacia 1951, Antonio se fue a Salamanca. El obispo no quería, pero el vicerrector del seminario se empeñó en que estudiase Teología y lo consiguió. En Salamanca pasó mucho frío pero se encontró con una ciudad maravillosa. Tenía muchos amigos, le gustaban mucho los estudios. Y no se vivía allí el ambiente estricto del seminario de Cádiz. No había la cerrazón que marcaba don Tomás. Que fue precisamente quien después, cuando Antonio regresó a Cádiz, se negó a ordenarlo. Era un hombre muy duro don Tomás. Antonio se despedía de él cada vez que volvía a Salamanca tras unas vacaciones. Una vez iba vestido con un traje gris claro, con corbata. El obispo se escandalizó. Antonio imita su manera de hablar: “Usted, seminarista, y con ese traje…”.

De vuelta a Cádiz, superado el trance de los tres años bajo el peso de la negativa del obispo, Antonio fue ordenado sacerdote y enviado a su primer destino, a Algeciras. Pero sólo permaneció allí cuatro meses. En cuanto comenzó el curso, lo reclamaron del seminario para seguir dando clase de matemáticas. Tuvo que esperar hasta 1966, y con otro obispo, para ejercer de párroco. Fue Añoveros quien lo envió a San Mateo de Tarifa. Y fue también él quien cuatro años después le propuso iniciar en Puerto Real un proyecto experimental: llevar en ese pueblo un equipo de curas sin división de parroquias. “Añoveros tenía capacidad para estar cerca de todo, y para defender todo lo que le parecía a él bueno”.

El cambio de destino era muy interesante pero llegó en un momento poco oportuno. En Tarifa se produjo una riada tremenda, hubo muchos damnificados. Antonio se ofreció al alcalde y desde la parroquia organizó con unos chavales la distribución de la ayuda que llegaba al municipio. Aquello le proporcionó un ambiente muy bueno para seguir adelante, pero Añoveros se empeñó en mandarlo a Puerto Real y allá que se fue. Comenzaba la década de los setenta.

Así llegó Antonio al pueblo en el que permaneció quince años y en el que vivió dos cambios: el de la Iglesia, con el Concilio, y el del país, con el final de la dictadura franquista y el inicio de la actual democracia. Antonio no pasó inadvertido en esa época de mudanzas. En Tarifa, el gobernador militar de Algeciras era su enemigo acérrimo. No le gustaban nada sus homilías ni su manera de conducirse en la parroquia. En Puerto Real no fue mejor. La Guardia Civil acudía a oír sus sermones y las denuncias se sucedían. La última vez que Antonio recuerda haber comparecido en el Juzgado fue por pedir al obispo que no llevasen a Franco bajo palio, por opinar que eso era un escándalo.

Antonio dice que la gente le respondió muy bien en Puerto Real, que tiene allí muchos amigos y lo quieren mucho. Pero los problemas fueron muchos. Antonio se propuso que las cofradías eligiesen a sus cargos pero los mandamases no estaban por la labor. “Había un caciquismo en aquel tiempo que era una cosa horrible. Todo estaba controlado. Conseguí al final que la gente votara, que eligiesen a los hermanos mayores. Pero me costó mucho. Los caciques decían que yo era un cura rojo, un cura comunista”.

Tras Añoveros, que era para Antonio “el gran obispo”, llegó Antonio Dorado, que era “más inteligente”. Dorado no entendió lo de la parroquia única en Puerto Real y dio por finalizado el proyecto. En 1985, Antonio pensó que su tiempo en Puerto Real había terminado, entre otras cosas porque consideraba que un cura no debía eternizarse en un lugar. Se fue a Medina. Le ilusionaba ese pueblo porque un cura le había escrito cartas en las que pedía ayuda: allí, decía, había muchos pobres. Luego resultó que la realidad era otra. “Había pobres, sí, que merodeaban mucho por la parroquia, pero tampoco era la cosa como me la había pintado a mí el cura”.

En Medina estuvo Antonio trece años. Los recuerda como una época sin grandes problemas, dedicado a la parroquia, a la predicación. Todo más sereno. El único conflicto surgió entre dos coros, uno parroquial y otro que se formó en el pueblo. Se creó una frontera, hubo un follón increíble. “Tanto, que me dije: me voy de aquí. Me ofrecieron Barbate y acepté. Por cinco años. Ya tenía yo 70 y con el obispo Ceballos era muy obligatorio jubilarse a los 75 años. Aunque luego a él parece que no le gustó mucho que lo jubilaran”.

En Barbate, Antonio acabó presidiendo una plataforma por el futuro del pueblo. Pero no era muy eficaz. Antonio dice que estaban en la asociación todos los partidos y que con los partidos no se puede trabajar. Ilustra esa opinión con una anécdota: querían lograr una mejora para un colegio y una mujer de un partido dijo que si se hacía eso se apuntarían un tanto los de IU. “Me dejó planchado. Lo que importaba era si IU se anotaba un tanto, no que los niños tuviesen un buen colegio”.

Jubilado, Antonio se instaló en una vivienda en Cádiz, junto a la iglesia de Santo Tomás, donde oficia misa algunos días. No es su única actividad. Los jueves, por ejemplo, forma parte de un grupo de Cáritas Puerto Real que visita a los sin techo en Cádiz. Les llevan bocadillos, café con leche, bizcocho que hace una señora, calcetines… Es un problema complejísimo el de los sin techo, me explica luego, finalizado el recorrido por su vida. Mientras charlamos de la crisis, de Tarancón, del franquismo, Antonio se muestra como un cura que sigue pensando como pensaba en los setenta: que la Iglesia debe ser “la voz de los que no tienen voz”.